Una dictadura para la mujer española

Viernes, 21 Febrero 2014 18:52
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Hace unos días las diputadas del PP ofrecieron el bochornoso espectáculo de su ovación al ministro de justicia español, Ruíz Gallardón, tras votar contra la retirada de la nueva ley del aborto. Una foto inmortalizó el paseíllo torero del ministro y a las diputadas que hablan de vida, pero que van a condenar al sufrimiento las vidas de millares de mujeres.

Amnistía Internacional lo ha denunciado en una carta enviada a Gallardón para pedir la retirada inmediata de una ley que causará “un aumento en el número de mujeres y niñas que recurren a procedimientos peligrosos, inseguros, clandestinos e ilegales poniendo en riesgo su salud y hasta su vida, y limita el derecho de las mujeres y niñas a tomar decisiones por sí mismas”. Quizá se logre el aborto en casos de malformaciones graves del feto, pero difícilmente el Gran Inquisidor Gallardón renunciará a imponer la dictadura católica sobre el cuerpo de las mujeres españolas.

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por José Manuel Fajardo


Desde hace treinta años, la ciudad de París viene siendo escenario de una constante aunque discreta peregrinación, que puede pasar fácilmente desapercibida en medio del ajetreo turístico. Tiene lugar en el cementerio de Montparnasse y más concretamente ante una de sus tumbas, la del escritor argentino Julio Cortázar, nacido el 26 de agosto de 1914 en Bruselas y fallecido en París, a los 69 años de edad, el 12 de febrero de 1984. Sobre ella dejan los peregrinos papeles con frases garabateadas deprisa, convencidos quizá de que el triste trámite de la muerte no puede impedirles continuar comunicándose con el escritor.

Son lectores venidos de cualquier parte del mundo, muchos de ellos escritores también. Cada cual ensaya su manera de estar con Cortázar. El novelista chileno Luis Sepúlveda y el mexicano Antonio Sarabia introducen en la ranura de la lápida un cigarrillo prendido hasta que se consume. Y entre escritores cubanos como Amir Valle, Karla Suárez o Raúl Aguiar, ha sido costumbre y casi juramento acercarse a la tumba –aquel que pueda viajar a París– y llevarse a Cuba –aquel que pueda regresar− fotos y libros que habrán de pasar de mano en mano. Homenajes privados a un autor que se comprometió apasionada y críticamente con una revolución cubana que ha perdido en gran medida la aureola que la distinguió.

Precisamente un relato de Raúl Aguiar, Figuras, puede sirvir de punto de partida para medir la sombra del escritor argentino que no sólo se anticipó en una década al llamado “boom” latinoamericano de García Márquez, Vargas Llosa o Carlos Fuentes, sino que encarnó también el espíritu rebelde de los años 60 y 70. El relato de Aguiar, muy cortazariano, narra el imaginario encuentro de Cortázar con una jovencita habanera de nuestros días. Ella vive en una mañana del año 2003. Él, en enero de 1967. Los caprichos de la fantasía los ponen a mantener una conversación imposible en un banco de la Plaza de Armas de La Habana.

El acierto del relato radica en la melancolía que despierta en el lector saber de antemano las tristes respuestas que aguardan a Cortázar cuando éste pide a la muchacha noticias del porvenir: “Tengo miles de preguntas. ¿El hombre llegó a Marte? ¿Y la guerra del Vietnam? ¿Qué ha pasado en Cuba en este tiempo? ¿Fidel sigue vivo? ¿Y el Che? ¿Y el socialismo, triunfó por fin? ¿Sabes algo de Argentina?”. Casi un catálogo de frustraciones.

Lo cierto es que ese interés apasionado por el mundo tardó bastante en despertarse en el Julio Cortázar de carne y hueso. Él mismo reconocía que “había mirado muy poco al género humano hasta que escribí El perseguidor”, uno de sus mejores relatos. En ese momento, contaba cuarenta y cinco años de edad. Cortázar, hijo de argentinos, había nacido en Bruselas y de allí salió con “una manera de pronunciar la erre que nunca pude quitarme”. Aquel fue uno de los muchos rasgos físicos singulares que caracterizaron a Cortázar. Era muy alto y extremadamente delgado. Su rostro fue lampiño durante la mayor parte de su vida, lo que le confería un aspecto de eterno adolescente. Sus ojos eran enormes y muy separados y daban a su mirada un cierto aire asombrado y gatuno. También su carácter era individualista y enigmático: “Yo creo que fui un animalito metafísico desde los seis o siete años… Estaba perpetuamente en las nubes. La realidad que me rodeaba no tenía mucho interés para mí. Yo veía los huecos, digamos, el espacio que hay entre dos sillas y no las dos sillas. Y por eso, desde muy niño me atrajo la literatura fantástica”.

Su literatura empezó a desarrollarse en el territorio de la fantasía pero en sus cuentos, al igual que en su mirada infantil, lo fantástico aparece como un intersticio que se introduce en la realidad, en el discurso cotidiano, transformándolo. Una casa de la que empieza a apropiarse una presencia que nunca se nombra, en Casa tomada. Un fotógrafo que sorprende una escena de seducción entre un adolescente y una mujer y que, al fotografiarla, acaba quedando atrapado dentro de su propia fotografía, en Las babas del diablo. La veta fantástica fue una constante en la obra de Julio Cortázar.

Ya desde pequeño su relación con las palabras, con la escritura, no se diferenciaba de su relación con el mundo en general: “Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas”. Esa incomodidad, esa rebeldía lo iban a acompañar siempre, quizá por eso Cortázar fue un lector apasionado de la poesía de Rimbaud y de los textos surrealistas, y en su obra supo rescatar y continuar, sin limitarse a repetirlos miméticamente, los principios y las apuestas estéticas del surrealismo. Como éstos, consideraba que la fantasía forma parte de una realidad superior que integra tanto lo racional como lo irracional. Con ellos compartió la creencia de que los encuentros fortuitos eran todo menos casuales y que el amour fou y el azar funcionan como enigmáticos mecanismos a través de los cuales construyen su destino los hombres.

Un doble encuentro (con la ciudad de París y con el personaje literario de la Maga) fue precisamente el que imprimió un giro radical a su vida y a su obra. En 1950 Julio Cortázar realizó un breve viaje a París y durante la travesía en barco tuvo lugar uno de esos encuentros sorprendentes que fueron una constante en su vida. A bordo viajaba una joven alemana de origen judío llamada Edith Arón. Tenía el pelo negro y ojos verdes. Cortázar no tardó en reparar en ella. Tampoco su figura flaca y su rostro de niño grande escaparon a la curiosidad de Edith. Sin embargo, apenas si cruzaron unas pocas palabras. Al llegar a París se separaron sin dejarse dirección alguna y, a los pocos días, lo que otros habrían llamado casualidad hizo que coincidieran en una librería. Se separaron de nuevo sin darse cita y la extraña fuerza que les acercaba les hizo volver a encontrarse unos días después. La señal estaba clara. Cortázar  descubrió que aquella muchacha de hermosa sonrisa era “brusca, complicada, irónica, entusiasta”. Y cuando en 1951 retornó a París para instalarse, no sólo volvió a encontrarla y a mantener una relación que, con aproximaciones y distancias (y con otras muchas mujeres de por medio), duró toda su vida, sino que terminó convirtiéndola en personaje de su obra maestra, la novela Rayuela, al inspirar en ella la figura de La Maga.

Rayuela, publicada en 1963, da cuenta también del trascendental encuentro de Cortázar con la ciudad de París. “París fue la gran sacudida existencial”, recordaba años después. Allí descubrió su condición de latinoamericano,  pues “en estas islas terribles en que vivimos metidos los sudamericanos (la Argentina, o México, son tan insulares como Cuba) a veces es necesario venirse a vivir a Europa para descubrir por fin las voces hermanas”. Las voces de otros escritores latinoamericanos, pero también las de los lectores que harían posible después el llamado “boom” al identificarse con una literatura emergente. Al punto que el éxito internacional de las obras de García Márquez, Vargas Llosa o el propio Cortázar de alguna manera expresó, tal como éste defendía,  un deseo colectivo de establecer vínculos entre los hombres de América por encima de las fronteras. En otras palabras, la literatura se armonizaba con el movimiento político de cambio revolucionario que recorría en esos momentos el continente y cuyo centro de difusión era la revolución cubana. Nada hay más lógico, pues, que la fascinación que muy pronto manifestó Cortázar por Cuba.

Su vínculo con la revolución fue constante, pero también crítico. Mantuvo siempre su propio criterio (como lo prueba su admiración explícita por Lezama Lima, aún en los dogmáticos años 70), aunque se esforzó en que sus críticas no pudieran ser utilizadas por los enemigos políticos de la revolución, lo cual le llevó a situaciones de franca soledad, mirado con desconfianza muchas veces tanto por los adversarios del castrismo como por las autoridades de Cuba.

A partir de Rayuela, la obra de Cortázar buscó otra realidad posible en medio de los horrores de unas décadas de opresiones, pero también de esperanzas. Vivió el mayo del 68 francés. Publicó la novela El libro de Manuel, en la que reflexionaba sobre los nuevos grupos armados latinoamericanos, cuyas razones compartía, pero con cuya revolución no se identificaba. Fue galardonado con el premio Médicis y el dinero que ganó gracias a éste lo entregó a la resistencia chilena. Formó parte del Tribunal Russell para denunciar las violaciones de derechos humanos. Sostuvo a la revolución sandinista.

Paralelamente, su escritura se hizo cada vez más indagadora, más libre. Fruto de ese esfuerzo son  libros en los que mezcla ensayos, comentarios y relatos, como Último round, o novelas de compleja estructura como  62 modelo para armar. El propio Cortázar expresó ese vínculo no dogmático entre literatura y revolución al afirmar que “estamos necesitando más que nunca los Che Guevara del lenguaje, los revolucionarios de la literatura más que los literatos de la revolución”. Amor, revolución y escritura formaron  pues el triángulo de la aventura cortazariana.

Julio Cortázar terminó sus días en París, convertido en exiliado por la dictadura argentina y en ciudadano francés por el presidente Miterrand. La empresa literaria de Cortázar fue titánica, pero nunca grandilocuente. Sin duda su gran virtud, como señala su biógrafo Mario Goloboff, fue ser “siempre lúdico; siempre, y a pesar de todo, antisolemne”. El humor y la consideración del arte como placer son rasgos presentes en toda su obra y en algunos casos, como en Historias de cronopios y de famas, verdaderos protagonistas. Quizá por eso, cuando reencontramos a Cortázar en ese espacio fuera del tiempo que son las páginas de un libro, de sus libros, recuperamos también un optimismo que puede parecer incongruente en estos tiempos de descreimiento y fatalismo, en los que si Cortázar apareciera sentado a nuestro lado en cualquier banco de cualquier plaza de París o Madrid y nos preguntara cómo es hoy la literatura, qué nuevos caminos han abiertos los Che Guevara del lenguaje y de la creatividad con los que él soñaba, nuestras respuestas habrían de ser tan frustrantes como las de la muchacha acerca de la Revolución en el relato de Aguiar. Preguntas que nos remiten al germen de otro mundo que habita en el seno del nuestro, pero que no sabemos hallar porque hemos perdido ese arte del encuentro del que Cortázar fue maestro. Quizá por eso los lectores que pasan cada día ante su tumba parisina no son simples turistas curiosos o nostálgicos que persiguen vanamente su sombra. Son sus cómplices.

Esta crónica de José Manuel Fajardo, publicada originalmente por Le Monde Diplomatique en el año 2004, fue actualizada en febrero de 2014 para el blog "Fuera del juego".

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