¡Clinc!

Viernes, 14 Octubre 2011 05:00
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Cuando una bala se dispara en Libia, Afganistán, Gaza, Colombia o México, una máquina registradora hace ¡clinc! en alguna oficina de Nueva York, París, Madrid, Moscú o Londres. Sólo que el ruido de las bombas y los gritos no permiten escucharlo. Se habla de paz, pero se la proclama y traiciona en un mismo acto. La palabra paz suena en ciertas bocas como el impacto de un proyectil en un cuerpo humano: ¡zap!. Como si sus tres letras fueran el eco de un disparo.

Todo esfuerzo es poco para la paz, se dice, pero el camino de la paz lo controlan los guerreros. Luego ningún gasto es suficiente para preparar la guerra. Y se invoca el miedo a la guerra para usar las armas que habrán de destruir todo aquello que se reconstruirá después; para que continúe así la liturgia discreta de sagradas cuentas bancarias. ¡Clinc! La música de la codicia. El ritmo interno de una lógica: la que convierte la desdicha y la muerte de unos en el negocio de otros.

Milagro es Lisboa

Jueves, 13 Octubre 2011 08:02
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Por una vez, hay cita para asistir a un milagro. Esta tarde, a las 18h30, Ana María Matute presentará en el Instituto Cervantes su novela La Torre Vigía. Eso quiere decir que la literatura va a encarnarse en Lisboa. La literatura.

En los treinta años que hace que conozco a Ana María Matute, nunca le he oído hablar de cifras de ventas de sus libros, de estrategias de promoción ni de cómo es tratada por la crítica. Cuando supe que había estado nominada al Nobel, tuve que preguntarle si era verdad. Me dijo “sí, tres veces”, y empezó a hablarme de la soledad terrible del rey Gudú, de ese universo de belleza y barbarie en el que transcurren sus novelas. A veces en el presente, otras en un pasado sin fecha que es todos los pasados de la Humanidad, como el de esa torre vigía que presentará esta tarde. Me habló de los sueños, las pasiones y las criaturas alumbradas por su fantasía creadora. Me habló de la vida. Me habló de literatura, de verdad.

La cosecha americana

Miércoles, 12 Octubre 2011 08:02
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Hace mil once años, un vikingo se anticipó en cinco siglos al viaje de Colón que hoy se conmemora. Leif Eiriksson fue el primero en poner nombre al Nuevo Mundo. Lo llamó Vinland. Es decir, “tierra de viñedos”. Por las vides salvajes que encontró en lo que ahora es frontera entre Canadá y los Estados Unidos. Y porque los bárbaros sabían apreciar el placer civilizador del vino. También el de la escritura, como prueba la saga que narra su peripecia.

Tras el “Descubrimiento”, a América viajaron el arte de hacer vino y la lengua española. Cinco siglos después, a las vides silvestres americanas, inmunes a la filoxera, debemos la salvación de los viñedos europeos, injertados hoy sobre raíces de aquéllas. Y del imaginario de América Latina  fueron llegando textos que han hecho definitivamente universal a la literatura en lengua española. Cosecha tras cosecha. En el mundo ya no se escribe igual después de Borges y García Márquez.