

Las dictaduras, que son tan propicias a la estupidez, despiertan también brillantes miradas críticas. En los últimos años del franquismo un joven pintor y humorista, que se firmaba como Ops, convirtió sus viñetas en la revista “Triunfo” en una deslumbrante ventana de lucidez en medio de la grisura del sistema.
Ahora se expone en la Real Academia de Bellas Artes de Madrid una muestra del trabajo de Andrés Rábago, el artista que se escondía tras aquel seudónimo. Rábago, que ha adoptado después otros heterónimos, como el de El Roto, con el que firma sus vitriólicas viñetas en el diario El País, aplica su bisturí hoy a las paradojas de esta nueva dictadura de los mercados. Sus hallazgos verbales diseccionan la actualidad y en su propuesta estética late el pulso de Magritte o de Max Ernst, pues ha sabido reunir en su trabajo la crítica política y social con el onirismo surrealista. Un verdadero banquete para la inteligencia.
En tiempos de crisis es cuando se comprueba que no es verdad que nadie sea imprescindible. La pérdida de un hombre puede retrasar más de mil años el conocimiento humano como probó el hallazgo de los textos perdidos de Arquímedes en que demostraba que la Tierra era redonda. Y hay épocas en que la sociedad pierde el rumbo al perder a algunos de los hombres que tenían el don de saber pensarla.
Por eso las muertes de escritores como Jean-Claude Izzo, Vázquez Montalbán, Saramago o Tabucchi han sido más que pérdidas literarias. Fueron cuatro estados de la conciencia. Cuatro miradas críticas en las que la crítica además de oposición o resistencia era análisis. Radical, deslumbrante, apasionado análisis. Ellos comprendieron sus respectivos países − Francia, España, Portugal e Italia − y el espíritu de su tiempo. Por eso fueron admirables e incómodos. Por eso hoy estamos huérfanos de su inteligencia cuando más falta nos hace.
En el aniversario de la 2ª República conviene recordar que la España democrática ha sido fruto del desigual acuerdo entre una parte del franquismo y quienes sufrieron la persecución franquista. Los perseguidos tuvieron la grandeza de dejar de lado la legítima reclamación de castigo a sus perseguidores. Y a cambio, éstos se comprometieron a dejar de perseguirlos. Así, paradójicamente, fueron los republicanos quienes más apoyaron la consolidación de la Monarquía parlamentaria.
Ahora la derecha pretende presentar la institución monárquica como consustancial a la democracia española, olvidando que la Historia lo desmiente y que esta restauración borbónica es excepción y no regla. La idea de que la Monarquía es intocable alienta episodios como los últimos escándalos de la familia real y, de insistir en ella, puede traer la paradoja de que sean los monárquicos quienes acaben favoreciendo una nueva República.
Las crisis son tiempos de héroes. Y de anti-hérores. Épocas de cosecha para la literatura, que encuentra en el bosque de la realidad una fauna que muestra la loca diversidad de la condición humana. En tiempos de guerra (compañeros de las crisis) nacieron figuras literarias como Robin Hood, ladrón que robaba a los ricos para dar a los pobres y de paso poner en ridículo al sistema de explotación feudal.
Tras el descrédito del realismo en el siglo XX (llevado al tedio por las exageraciones del realismo social y el hiperrealismo), la literatura del siglo XXI apenas comienza a andar el camino para desentrañar, sin didactismos, las nuevas formas de explotación que hacen de un ministro de economía la reencarnación del sherif de Nottingham, ladrón de pobres para beneficio de ricos. Y no es por falta de guerras, tragedias, farsas y dramas de poder. Con este material, Shakespeare habría hecho prodigios. Parece que faltan ganas.
Casi produce curiosidad ver hasta dónde el señor Rajoy, presidente del Gobierno de España, es capaz de ceder bajo el peso de la presión de los mercados y de sus correligionarios alemanes. Aunque proteste mientras se encorva, enarbola la tijera de los recortes cual si fuera espada de un caballero contrahecho: un falso Quasimodo que en vez de defender gitanas en apuros las empujara al abismo desde su torre.
Con medidas tomadas para acomodarse a las exigencias de los que de verdad mandan, el jefe de gobierno español descoyunta las articulaciones sociales que han sostenido hasta hoy la convivencia democrática del país. Deforma las palabras hasta tornarlas en chistes (no se recorta, se ahorra; no se discrimina, se racionaliza) y arroja a la hoguera de la codicia la salud, la educación y el bienestar de millones de ciudadanos. Tanto contorsionismo despiadado, para ejercer durante cuatro años un poder que sólo es nominal.
A la Historia le gustan las paradojas, sólo eso explica que el propio Estado de Israel contribuya a la persistencia del antisemitismo. Quienes defendemos el derecho a la existencia del estado israelí y admiramos la cultura judía, nos enfrentamos al desaliento de que en nombre de lo que valoramos se comentan actos execrables. El último: declarar persona non grata al escritor Günter Grass por su poema crítico sobre la política exterior israelí.
Colocar el sambenito al escritor, por pedir que el Estado de Israel responda de sus actos y pueda ser criticado como el resto de los estados del mundo, es pura demagogia. Es considerar toda crítica a la política del Estado de Israel como ataque antisemita a su existencia. Pero pese al apoyo de EE.UU. y de Alemania, dar a Israel esa patente de corso en nombre del pueblo judío es suicida porque presenta a toda una comunidad como responsable de lo que sólo son actos de una clase política.
Ya hace 35 años de la legalización del Partido Comunista en España, piedra de toque de la Transición política del franquismo a la democracia. Una efeméride que pone de relieve el carácter histórico de todo concepto, pues la misma palabra, en este caso comunismo, puede llegar a designar cosas muy diferentes cuando no opuestas.
Comunistas fueron muchos luchadores por los derechos sociales cuya pérdida hoy se lamenta y muchos de quienes, bajo dictaduras, arriesgaron la vida por la libertad. Lo fueron Rosa Luxemburgo, Gramsci, Arthur London. Pero comunistas eran los genocidas jemeres y los senderistas peruanos. Y Stalin, Caucescu y Beria. En España la palabra comunismo está asociada a la democracia, al igual que en Rumania lo está a la dictadura. Entre los dos extremos hay una gama de matices contradictorios: del izquierdismo radical al neodespotismo ilustrado. Una polisemia que sólo puede ignorarse por interés.
El disidente cubano Alberto Du Bouchet se ha suicidado en su domicilio de las islas Canarias, un año después de haber llegado exiliado a España. Fue uno de los 75 opositores políticos encarcelados en Cuba en 2003, acusados de conspirar con los EE.UU., cuya liberación movilizó a la opinión pública hasta que el gobierno de Zapatero logró su excarcelación en 2011.
Du Bouchet llegó a España empujado por la intolerancia del gobierno cubano y atraído por las promesas tanto del gobierno español como de la derecha entonces en la oposición (hace años que Cuba es punta de lanza del combate ideológico del PP). Ahora, sin trabajo y sin ayuda económica tras decidir el gobierno de Rajoy cancelarla, ha trocado su sueño de libertad en sueño eterno. Otro juguete roto en una despiadada partida en la que la disidencia sólo se ve como traición o como herramienta de presión. Moneda de cambio mientras suena y calderilla cuando deja de ser útil.
La Historia se escribe a veces en minúsculas. Entre los grandes y pequeños protagonistas se trazan las coordenadas de una época. Por eso es relevante la decisión del alcalde del PP del pueblo andaluz de Huércal-Overa: cambiar de nombre al “teatro municipal Rafael Alberti” porque, según el prócer local, el del gran poeta de la generación del 27 “no vende”.
El espíritu se llena de preguntas: ¿Venderá Lope de Vega? ¿Y Garcilaso? ¿Y Gerardo Diego? ¿Y Celaya? ¿Es que hace falta que la cultura venda? La preclara mente municipal añade a la falta de “marketing” del autor de “Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos” su condición en vida de comunista (sin duda un nefasto ejemplo para las “nuevas generaciones” de vendedores). En la España fractal, idéntica a diversa escala desde el municipio al gobierno nacional, pasando por las autonomías, borrar poetas del mapa es una vieja costumbre. Esta derecha es incorregible.
En el origen de la crisis está la idea de bajar los impuestos, que eran la fuente de recaudación del Estado porque proceden de la economía real, y generar ingresos mediante la emisión de Deuda Pública, que es una hipótesis de futuro que no tiene nada que ver con la riqueza real de un país sino con el juego de intereses de los especuladores financieros. Por eso, sacar la riqueza del Estado del juego de la Bolsa se está convirtiendo en una urgencia.
Ya se ha visto cómo los mercados atacan las economías nacionales a través de la Bolsa. Pero en lugar de reducir la emisión de Deuda y sacar los ahorros bancarios de la especulación, se decretan recortes empobrecedores para acomodar la economía real a los deseos de esos mercados. Y se sigue emitiendo más Deuda. La soberanía nacional pasa así del electorado a la Bolsa: el voto deja de ser origen del poder político para convertirse en legitimador a posteriori de lo que imponen los mercados.