

Se suele hablar de anticipación en la literatura de ciencia-ficción, del modo en que autores como Jules Verne supieron prever descubrimientos, viajes e inventos del futuro. Pero hay también una prodigiosa anticipación social y moral en la literatura realista, cuando profundiza de tal modo en los valores y movimientos de fondo de la sociedad de su época que es capaz de mandar un mensaje de clarividencia hacia el futuro. Ese es el caso del escritor Guy de Maupassant.
En pleno siglo XIX, Maupassant escribió una novela deslumbrante, Bel-Ami, sobre la figura de un arribista, un hombre sin escrúpulos que escala la pirámide social apoyándose en tres elementos: la prensa, el dinero y el sexo. ¿Les suena de algo? Se ha estrenado una versión cinematográfica de esta historia de Maupassant, pero leer la novela es sumergirse en un vértigo de tiempo, como recibir un mensaje del siglo XIX en el que estuviera escrito nuestro nombre.
La crisis está siendo la ocasión para que los sectores más reaccionarios y autoritarios de la sociedad impongan un modelo basado en la explotación, la discriminación y el miedo. Una gigantesca tarea de demolición de lo conseguido por las clases populares durante los dos últimos siglos. Pero la democracia en Europa ha incorporado el principio de justicia social tan íntimamente, que el regreso a un capitalismo salvaje se percibe como un totalitarismo del mercado.
Las protestas contra los recortes aún tienen un carácter defensivo. Es difícil moverse bajo el chantaje de una atmósfera de miedo. Pero la agresión capitaneada por la presidenta alemana y secundada por el establishment europeo es de tal gravedad que, al final, Europa tendrá que elegir entre un futuro de desigualdades escandalosas o una revolución democrática que sustituya a la actual clase política dominante, limite poderes y asegure justicia social.
A veces los árboles no dejan ver el bosque y las reformas, recortes, polémicas, bajadas salariales, cierres de empresas, ayudas bancarias, etc, son los grandes árboles que no dejan ver el bosque en el que nos adentra la crisis: el de la destrucción del sistema de solidaridad social sobre el que se fundamente la democracia.
La democracia universal (en la que todos los ciudadanos son iguales ante la ley) sólo comenzó a implantarse después de la 2ª Guerra Mundial, cuando las mujeres (el 50% de la población) accedieron al voto y se desarrolló el Estado del Bienestar. El retorno a la desigualdad social como motor de la economía, la instauración de poderes supranacionales no emanados de la voluntad popular y el condicionamiento de los procesos electorales por la manipulación mediática, letal en una sociedad basada en la Opinión Pública, son amenazas al sistema democrático que debería desatar una auténtica alarma social.
Sigue el juego de amenazas por la nuclearización de Irán, pero conviene recordar que son los países con armas nucleares (la URSS, en su día, China y Corea del Norte, hoy) los que nunca han sido invadidos. Por el contrario, Saddam Hussein destruyó las armas de destrucción masiva que tenía y eso no impidió la invasión de Irak. Nadie quiso creerle como tampoco se cree hoy a los líderes iraníes.
Entonces se dieron por ciertas las falsas informaciones de la oposición interna, que buscaba una intervención extranjera diciendo aquello que los halcones querían oír. ¿La historia puede repetirse hoy? ¿Y si, al atacar a Irán, bajo de la montaña de muertos de turno se encontrase que era cierto que sólo había instalaciones nucleares para uso civil? Irak ha sido un pésimo ejemplo que puede tener el perverso efecto de animar a los líderes iraníes a desarrollar armamento nuclear visto que, de todos modos, nadie les va a creer si no lo hacen.
En medio del ruido informativo de recortes, crisis y protestas, la noticia de que el presidente Obama ha ratificado el permiso para que la CIA mate donde, cuando y a quien le parezca oportuno, en nombre de la seguridad nacional de EE.UU., ha pasado casi desapercibida. El escándalo que una orden semejante habría provocado en los grandes medios internacionales, si fuera Putin o Castro quienes la impartiesen, se ha tornado en amable discreción. Cuánta disciplina.
Pero lo cierto es que el presidente acogido con mayor entusiasmo y comprensión por la comunidad internacional ha dado una nueva prueba de que, contra lo prometido, no se puede cambiar la política imperial de la primera potencia mundial y ni siquiera se quiere hacerlo. El premio de la Paz más prematuro e injustificado de la Historia es un hacedor de guerras y, desde ahora, amparador de ejecuciones extrajudiciales. A grandes esperanzas, mayores desilusiones.
La insistencia, aún hoy, en arrojar sombras sobre la autoría de los atentados del 11-M por parte la derecha española (ese conglomerado político-mediático-empresarial-religioso con propiedades de tejido social canceroso) ofrece el autorretrato de una España negra que ningún progreso ha logrado todavía hacer desaparecer.
Una España necrófila (por causante de muertos y manipuladora de los mismos) que parió guerras civiles, dictaduras e intolerancia y que vive en la democracia como una planta parásita, ocupada tan sólo en alimentar sus intereses. Las autoridades del PP han arropado otra vez a los defensores de la teoría que presenta el 11-M no como el probado atentado islamista que fue sino como una inventada conspiración de ETA, PSOE, policía y Al-Qaeda. Teoría que les permite omitir sus responsabilidades y demonizar a sus rivales políticos. Para ello manipulan el dolor de las víctimas. No tienen vergüenza.
El problema de la droga muestra cómo las calles del Infierno suelen estar empedradas de buenas intenciones. El empeño en mantener su ilegalización posibilita la existencia de un gigantesco mercado negro que las convierte en rentable y cruel negocio, con un saldo salvaje de muertes, violencia y corrupción.
Que haya personas adictas a sustancias en las que buscan alivio o escape es una patología personal que hay que prevenir y cuidar, pero se torna un problema de orden público cuando esas sustancias son negocio criminal. Al narcotraficante le mueve la codicia y la regulación de la droga sería un disparo en la línea de flotación del mercado que le permite adulteraciones, precios y beneficios incontrolados. Cada vez lo piden más voces, pero sólo es posible con un acuerdo internacional. A ello se oponen quienes anteponen sus prejuicios al dolor ajeno y quienes representan los intereses del narcotráfico, por supuesto.
Los sindicatos españoles han convocado una Huelga General para el 29 de marzo contra los recortes decretados por el gobierno de Rajoy. La agresión contra los derechos sociales y laborales, el carácter anti-constitucional del decreto-ley refrendado por el Parlamento y la negativa del gobierno a la negociación justifican la convocatoria, pero no deja de ser arriesgado emplear desde el principio el arma más poderosa de la movilización obrera.
Cornell Woolrich, el maestro del género policíaco, comenzaba sus relatos allí donde los terminaban los demás: en el punto culminante. El reto era cómo mantener la acción, cómo seguir subiendo el tono, cómo aumentar la tensión cuando se parte de tan arriba. Es el mismo reto que van a tener los sindicatos: cómo seguir construyendo la narración de la protesta, después de una Huelga General, para que esta no sea el punto final de una derrota sino el inicio del relato de una victoria.
Hay noticias que producen vergüenza ajena. El Gobierno de Portugal, el mismo que ha aplicado recortes sociales sin piedad al dictado de los mercados y de las exigencias de la Unión Europea, está pidiendo a las grandes empresas del sector de la alimentación que ayuden a dar de comer a los niños en las escuelas porque el Estado tiene “dificultades” para darles la leche que necesitan.
El problema es que una parte de los alumnos, según señalan los responsables de centros escolares, llega a la escuela sin desayunar porque en su casa no pueden alimentarlos y sólo comen lo que en el colegio se les da en el almuerzo. En otras palabras: sólo comen una vez, cada 24 horas, lo que les da la escuela. Y encima a veces tiene que ser los propios maestros quienes les paguen la comida. Ahora el Gobierno recortador mendiga a las empresas de alimentación. Caridad en vez de justicia. Ya se sabe cuál es el destino del tren de los recortes: la Edad Media.
El ministro de Justicia español, Alberto Ruiz Gallardón, no desaprovecha ocasión para desenmascararse a sí mismo, con su empeño por hacer pasar como progresistas las reaccionarias decisiones del gobierno de Rajoy en materia de derechos de la mujer. Su última ocurrencia ha sido hablar de las mujeres que abortan como víctimas de una violencia de género (un supuesto odio al embarazo) que les obliga a hacerlo.
En realidad, se trata de justificar un acto de violencia institucional: el recorte del derecho a abortar de las mujeres. Cuando cientos de miles de mujeres son maltratadas cada año y muchas pierden la vida a manos de sus parejas, presentar el derecho al aborto, una difícil opción siempre para la mujer, como violencia de género es una desfachatez. La supuesta paloma blanca del PP roba derechos como una urraca. Y lo hace con un discurso ridículo. Es el problema de la demagogia, cuando se exagera limita con la tontería.