

Que el padre Facebook es una persona impositiva es algo acreditado por la misma historia de su invento. Facebook es fruto del ambiente entre festivo, banal y cotilla de los colleges estadounidenses y eso lo ha marcado con un sello juvenil y desenfadado muy adecuado a los nuevos espacios virtuales. Pero la imposición de un nuevo formato, que parece sacado del álbum de fotos de una teenager, es un acto autoritario contra quienes utilizan Facebook como espacio de actividad adulta.
El nuevo diseño está compuesto en su mayor parte de espacio vacío. Como si la aparición de una frase causara vértigo, no hablemos ya de párrafos. Parece pensado sólo para descargar fotos de móvil, versión moderna de la vieja tortura de mostrar diapositivas a los amigos. Sin duda habrá quienes gusten de ese tipo de vitrina. Lo inadmisible es que se obligue a todos los usuarios a usar ese torpe formato. Es someterlos a una dictadura preadolescente.
Ha comenzado en Islandia el juicio al ex primer ministro conservador por su responsabilidad en la crisis económica que hundió al país en 2008. Mientras en España un hombre de Lehman Brothers es Ministro de Economía y ningún presidente ha rendido cuentas de nada (ni de los GAL ni de la guerra de Irak ni de la crisis), los islandeses hacen historia.
Sea cual sea el resultado del juicio, es importante que se celebre. Que haya al menos una democracia en el mundo en la que el privilegio del poder engendre responsabilidades exigibles ante la ley. Una lección que nos llega de las antiguas tierras de los bárbaros, tantas veces desacreditados en la retórica occidental. Quizás sea como concluía Kavafis en su poema Esperando a los bárbaros: “¿Y qué será ahora de nosotros sin bárbaros? / Quizá ellos fueran una solución después de todo”. Baste recordar que en realidad bárbaro, para los griegos, no quería decir otra cosa que extranjero.
El problema de los sueños es que, por definición, son intransferibles: los personales, cuando se cuentan, pierden brillo como piedras secadas al sol sin que se entiendan. Los colectivos, cuando se intentan llevar a la realidad, muchas veces se desvanecen o se convierten en pesadillas. En todo caso representan una pesada herencia para quienes reciben su relato.
Tres excelentes novelas de escritoras latinoamericanas han narrado la dificultad de vivir en los sueños (cumplidos y/o rotos) de los otros: En voz baja (1996) de la chilena Alejandra Costamagna, Silencios (1999) de la cubana Karla Suárez y Azul cuervo (2010) de la brasileña Adriana Lisboa. Tres brillantes y lúcidos ajustes de cuentas con los ideales revolucionarios de sus padres. Tres relatos de formación que reflejan la madurez de su generación, nacida bajo la represión anticomunista o en una revolución desencantada, pero huérfana de sueños propios.
La prensa da cuenta de la transformación del Consejo de Ministros en cuartel general de la ofensiva mediática destinada a convencer a la opinión pública de que el PSOE sigue siendo el culpable de los males del Universo. En este caso, culpable del clima de protesta social que se vive en España. El Gobierno del PP parece creer que la estrategia que le funcionó en la oposición seguirá funcionando en el poder.
El problema es que sus hechos poco tienen que ver con su discurso. Un gobierno que, armado con la cerilla de los recortes sociales, acaba de pegarle fuego al bidón de gasolina de la indignación ciudadana, que ampara corruptos y que donde dijo una cosa (no subiré impuestos/ no abarataré despidos) ha legislado la contraria, actúa como un personaje sicótico de novela policíaca escandinava: tanto criticar, para terminar como incendiario. Tiene suerte de que Larsson haya muerto porque, en sus manos, saldría muy mal parado.
Después de la inhabilitación de Garzón y las pantomimas de los juicios de los crímenes del franquismo y los cobros de Garzón en Nueva York; tras la constatación de que el yerno del Rey “is different”, cual España, y la vergonzosa absolución del chaquetero Camps; al naufragio del sistema judicial español sólo le faltaba que la fiscalía viniera a capitanear el abordaje de la extrema derecha.
Las primeras declaraciones del nuevo Fiscal General nombrado por el PP, Eduardo Torres-Dulce, dejan un agrio regusto a mala digestión histórica. La decisión de investigar ahora los restos de trenes del 11-M, dando alas a las sandeces conspirativas de la extrema derecha (Manos Limpias & Cía deben estar frotándose ya sus sucias extremidades), y el rechazo a solicitar la anulación de la sentencia contra Garzón son muestras del papel que ha venido a jugar: remachar la tapa del féretro en el que se está enterrando a la Justicia en España.
Que los dirigentes del Partido Popular se rasguen las vestiduras porque los sindicatos hayan convocado una manifestación el domingo 11 de marzo, aniversario de la matanza perpetrada por Al Qaeda en el metro de Madrid, y que lo hagan en nombre del respeto a la memoria de las víctimas de aquellos atentados, es un acto de suprema hipocresía.
Durante años, dirigentes del PP y gran parte del entorno mediático de la derecha española manipularon el relato de los atentados para escapar a su responsabilidad política por la guerra de Irak y negar la legitimidad de la victoria de Zapatero. Para ello dieron pábulo a quienes atribuían los atentados a ETA o a una delirante conspiración de ETA, Al Qaeda, PSOE y policía. E insultaron a las víctimas del 11-M que no secundaban sus ridículas tesis. Ahora manipulan el recuerdo de aquellos hechos, para desacreditar a los sindicatos y escapar de nuevo a sus responsabilidades. Dan vergüenza.
Ahora en Lisboa, hace una semana en Madrid, dentro de poco en París, el escritor chileno Luis Sepúlveda y el fotógrafo argentino Daniel Mordzinski van repartiendo sus Últimas noticias del sur, imágenes y relatos de su viaje a la Patagonia, en un libro extraordinario que cuenta las historias de los habitantes del lejano Sur a la manera como estos le recomendaron al propio Sepúlveda: “no como un doctor sino como un poeta”.
Los medios de comunicación, que monopolizan el relato de nuestro tiempo, están en manos de los poderosos y las historias mínimas de los hombres se cuentan sin grandeza desde el exhibicionismo. Pero la nuestra es una cultura que nace de relatos fundacionales (La Odisea/El Quijote). Contar las duras y corajudas vidas patagónicas es viajar a un mundo de leyenda para dejar constancia de los prodigiosos trabajos del Hombre. Es dar voz a los sin voz, es poner rostro a los anónimos. Las eternas tareas del Arte.
Ahora que los líderes políticos están empeñados en tomar medidas drásticas con la mirada más puesta en la galeria y las encuestas que en los derechos y libertades civiles, el Tribunal Constitucional francés acaba de poner coto con sensatez a las medidas electoralistas del presidente Sarkozy, declarando ilegal la ley que perseguía la negación de genocidios.
Legislar sobre la opinión histórica, castigando a quien niegue genocidios como el armenio, era un disparate y un atentando radical a la libertad de expresión. El fallo sienta la base para impedir la propagación de este tipo de leyes ideológicas y eso también es una buena noticia para el Tribunal Supremo español que, desde la inopia patética desde la que dicta sentencia, ha negado en su absolución a Garzón el carácter de genocidio de los sistemáticos crímenes franquistas. Sus señorías ya no corren riesgo de ser acusados de defensores de genocidas. Enhorabuena.
Como en la conspiración que acabó con la vida del presidente J.F. Kennedy, el juez Garzón ha sido víctima de una emboscada basada en el fuego triangular: la táctica que asegura que alguno de los francotiradores acierte. Absuelto por investigar los crímenes del franquismo, sobreseído por los cursos en Nueva York, los corruptos de Gürtel han sido quienes han dado en el blanco.
Los cobros de Nueva York han sido el Lee Harvey Oswald de la trama contra Garzón. El tirador inútil. Y los desaparecidos de la dictadura han servido para distraer la atención del único caso que en realidad importaba pues revelaba la realidad de la corrupción del poder político hoy: Gürtel. Aires de conspiración por la combinación de procesos, la manipulación de tiempos judiciales y la coincidencia de intereses con los jueces corporativistas que han querido escarmentar a un juez con criterio. Falta por ver quién será el Johnson que remate la faena.
Las FARC, el movimiento guerrillero más antiguo de América Latina, han anunciado que ponen fin a los secuestros. Su trayectoria es ejemplo de los nefastos efectos del uso político de la violencia: el que fuera movimiento revolucionario ha terminado usando métodos terroristas y enfangado con el narcotráfico. Una degeneración que le ha colocado en un callejón sin salida.
Por mucho que el origen de la lucha armada pueda estar justificado (por crímenes dictatoriales o situaciones de hambre y explotación extremas), la violencia tiene su lógica que termina imponiéndose a la ideología en nombre de la cual se recurre a ella. ETA pasó de luchar contra una dictadura a hacerlo contra la democracia. Las FARC, que nacieron como rebelión contra la injusticia, han acabado ejecutando rehenes, el colmo de la villanía y la opresión. Acabarán como ETA, deponiendo las armas, y lo más triste es que todo este dolor habrá sido para nada.