

Desde hace cinco días, Afganistán arde de ira por la quema (se dice que accidental pero, tras ver las fotos de marines orinando sobre cadáveres, los accidentes resultan difíciles de creer) de unos ejemplares de El Corán en una base de tropas norteamericanas. En nombre de un Dios ofendido se asesina a seres humanos cuyas vidas valen menos que el papel.
El listado de crímenes cometidos invocando a esos seres de ficción llamados dioses es aterrador y trágicamente ridículo. ¿Se imaginan matando en defensa de la virginidad de la Bella Durmiente?José Carlos Somoza ironizó sobre el tema al pintar en su novela La llave del abismo un futuro post-apocalíptico en el que la Humanidad toma los cuentos de terror de Lovecraft por verdaderos mitos y funda una nueva religión basada en ellos. La religión es metáfora de nuestra propia condición. Cuando el Hombre creó a Dios, lo hizo a su imagen y semejanza. Y le atribuyó su propia crueldad.
Los llamados países amigos de Siria (¿aquellos que no participan en la reunión son países enemigos?) debaten el modo de intervenir en el conflicto. Unos piden sanciones y otros, armas. La deriva de las revoluciones árabes -de las iniciales movilizaciones pacíficas a la insurrección armada con sus venganzas- amenaza con desvirtuar su sentido.
La feroz intransigencia represiva del régimen de El Asad, la intervención de los intereses europeos, estadounidenses, rusos y chinos en la zona, y la presencia de Al Qaeda y sus atentados se combinan para que las aspiraciones de libertad del pueblo sirio sean usadas como moneda de cambio en el tablero del Medio Oriente, con la disputa entre Israel e Irán de telón de fondo. Las ejecuciones de Gadaffi y Saddam contribuyen al enroque de Damasco. Y el dolor de la población civil sirve de excusa para los halcones de ambos bandos. Esta nueva guerra tiene muchos padres, como casi todas.
Los golpes de Estado son las crisis cardiacas de los sistemas políticos. Si triunfan, el infarto autoritario acaba con la democracia. Si fracasan, el cuerpo social y político de la nación queda marcado por sus secuelas. Más limitado, más temeroso. Nunca vuelve a ser el mismo. El 23-F de 1981 fue un ejemplo. Los recortes acordados por la Unión Europea, otro.
La frustrada tentativa de los militares golpistas españoles consagró definitivamente la impunidad de los represores del franquismo, dio alas al terrorismo de Estado contra ETA y limitó gravemente el desarrollo de los estatutos de autonomía. Aún hoy los intentos de corregir esa herencia despiertan miedo y recelo. El golpe de estado económico de la Unión Europea (con imposición de gobiernos tecnócratas no electos y pérdida de soberanía nacional en los países), anuncia una sociedad desigual y autoritaria donde las elecciones no sean más que una mera formalidad.
En toda democracia se gobierna (se debería) en nombre y por delegación del pueblo. El problema surge cuando el mecanismo electoral de acceso al gobierno es fraudulento, como sucede en España, cuya ley electoral discrimina a la ciudadanía en función del partido al que vote y del lugar en donde vote.
Por eso es todavía más grave la manera en que el nuevo gobierno del señor Rajoy viene encarando las protestas contra su política. Actúa como si de verdad representara a la mayoría de los españoles, lo que no es de ninguna manera cierto. El PP sólo obtuvo el 44% de los votos, por lo tanto más de la mitad de los electores no están representados por él, pero la ley le atribuyó el 53% de los diputados. Creer que se es imbatible porque se tiene mayoría absoluta en el parlamento, olvidando que se es minoritario en la sociedad y reprimiendo o desdeñando las protestas, es la más peligrosa forma de autoengaño: la de creerse las propias mentiras.
Hay que ser joven. Un joven político. Un joven autor. Un joven empresario. La moda juvenil es la moda. Un recurso publicitario eficaz que, sumado a la idea de nuevo, justifica la caducidad de los productos y lleva al consumo. Todo perfecto para el orden establecido, menos por un detalle: hablamos de personas, no de mercancías.
Y las personas se salen de los anuncios y también pueden ser jóvenes parados o jóvenes indignados. O estudiantes que, por jóvenes, tienen poco que perder y mucho que ganar si luchan. En Valencia hace días que lo hacen, tozudos en sus protestas. Y la autoridad incompetente les ha enviado la policía con ánimo de molienda. Las imágenes de muchachos apaleados y detenidos incomodan a los bienpensantes, corren como la pólvora y despiertan solidaridades. Es un aviso aún más serio que el de las manifestaciones sindicales. Mariano Rajoy se ha topado con los estudiantes. Y mayo está a la vuelta de la esquina.
Ahora que los poderes político y económico, con sus nóminas millonarias y sus beneficios crecientes, predican la religión de la austeridad en toda Europa (¡cómo recuerda a la pobreza que predicaban los papas desde la opulencia del Vaticano!), llama la atención que algunos de los héroes del movimiento de protesta sean hombres octogenarios como el griego Manolis Glezos o el francés Stéphane Hessel.
Glezos combatió al nazismo, como Hessel, quien fue además redactor de la declaración de derechos humanos y es autor del libro que ha alentado el movimiento de los indignados. Precisamente, lo que da futuro a la indignación es esa coexistencia de viejos luchadores y nuevos rebeldes. Un hilo de memoria que es lo que en el fondo se pretende cortar con los recortes. Para hacer olvidar que uno tiene derecho a un salario digno, a una salud y educación gratuitas, a la justicia social. Que estos dos siglos de luchas no han sido en vano.
Abrir las páginas de un libro (o leer un e-book, qué más da). Por la simple y soberana razón de que sospechamos que en él se guarda algo que nos pertenece. Historias y sentimientos que van a quedarse enredados en nuestros sueños y nuestra memoria. Porque alguien nos dijo que era bueno. Porque lleva años en la biblioteca esperando su turno. Por cualquier razón menos la peor de todas: que esté de moda.
Recuperar la lectura como incursión en lo desconocido. No para ser uno más en el rebaño de consumidores sino para ser mucho más uno mismo, precisamente por incorporar la intimidad de otro. Leer lejos del escaparate de novedades, libros como Sin remedio, de Antonio Caballero, o El cielo con las manos, de Mempo Giardinelli. Novelas escritas en los años 80, sí, pero la buena literatura siempre se lee en presente y sabe hablar el idioma de cada tiempo. Sólo los lectores indóciles hacen posible que el prodigio de la literatura perdure.
En los años 80 se inició el proceso de desregulación del sector financiero que, al fin, ha traído como consecuencia la profunda crisis en que nos hallamos. Hoy se procede a desregular las relaciones laborales, tratando de enfrentar a trabajadores y parados, así que abróchense los cinturones porque la catástrofe social está servida.
Desregular es una innovación verbal que disfraza un viejo concepto: la nefasta política del laissez faire que sumió en la miseria a generaciones de trabajadores durante el siglo XIX y el primer tercio del XX. Ahora el PP aplaude en estado de comunión las medidas antisociales que Rajoy presenta como panacea ante la crisis. No es un acto estúpido, es pura hipocresía. Lo que el PP defiende son los intereses de su clan enmascarándolos de interés común, cuando lo más común es que sólo ellos se beneficien. Y ni siquiera lo hacen por maldad. Es sólo cuestión de orden: lo primero son ellos y los suyos.
Desde antiguo es costumbre de reyes, nobles y señores salir de caza, administrar un poco (más) vida y muerte a campo abierto para probar su tino, destreza y coraje. Igual le tiran a un jabalí que a un pato, a una torcaza que a una perdiz, a un ciervo que a una liebre. Y eso por quedarnos en territorio europeo, que además están los platos fuertes africanos con sus fieras de verdad. Tantos siglos de caza crean hábitos. La prueba: las últimas declaraciones de la hermana del Rey de España.
Doña Pilar de Borbón ha acusado a la prensa de haber “organizado la polémica” sobre la imputación judicial del yerno real, Iñaki Urdangarín. Y ha mandado a callar a todo Dios hasta que hable el juez. Por su boca han hablado siglos de aristocracia. Qué soltura en el mando. Qué autoridad. A uno como que se le despierta la nostalgia de los grillos de las cadenas en los tobillos. En una estirpe de cazadores no es raro que se busque siempre quien pague el pato.
Que la credibilidad sea el primer atributo que se exige a un líder político es otra prueba del deterioro de la democracia. La credibilidad es virtud teatral: hace pasar por cierto algo que no tiene necesariamente que serlo. Es el nombre elegante del embuste. Muy adecuada a una vida social convertida en espectáculo, no como esa antigualla de la honradez.
Quienes rugían porque se hablara con los terroristas dicen ahora que el problema de ETA, además de policial, es político. Quien se oponía a subir impuestos, los sube. Quien luchaba contra la guerra de Irak, se embarcó en la de Libia. Un gesto teatral adecuado para cada situación. Y ahí siguen nuestros políticos, en la escena pública. Haciendo que se indignan. Haciendo que se insultan. Acusándose de lo que después ellos mismos harán cuando hayan conseguido su objetivo. Su principal, su único objetivo: el poder. Cómo no van a estar desprestigiados, si son unos farsantes.